Esa mujer que ves en la imagen es mi madre, este 2023 harán 20 años desde que murió.

Y esa pequeña bola que ves a su lado, coronada con una gorra blanca muy vintage, soy yo, claro.

Suelo compartir mucho contenido personal en esta red, pero la muerte de mis padres, especialmente la de mi madre, siempre ha sido una línea roja que me he impuesto no cruzar.

Siempre por el temido qué dirán, ya sabes.

Pero creo que vale más la lección que puedes sacar de todo esto que la opinión de cuatro haters mal contados.

Así que allá va.

Cuando mi madre murió yo tenía solo 15 años. Cuando mi padre murió, solo 18. Se puede decir, pues, que desde entonces no pido permiso y no doy cuentas a nadie.

Y es algo durísimo, como te imaginarás.

Porque cuando toca enfrentarse a ciertas cosas, uno siempre mira hacia arriba. Y allí, quiénes siempre están, son tus viejos. Los verdaderos héroes que te sacan de cualquier apuro, los que siempre tienen su puerta abierta para que vuelvas, y los que sufren tanto o más que tú con todo lo que te pasa.

Y también los que te guían, claro.

Pero a mí la vida me quitó eso.

Imagina que con 15 años, en plena adolescencia y con más dudas que certezas, el golpe de su muerte fue terrible. Sigue siendo terrible, a quién quiero engañar. No tener a mi madre es algo a lo que nunca me voy a acostumbrar.

Sin embargo, las edades cuentan y uno con el tiempo va forjando una personalidad que le permite llevar las cosas de otra forma.

Pero a lo que iba, ¿por qué te estoy contando todo esto?

Pues porque a los 15 podría haber tirado todo por la borda y nadie podría haberme dicho nada. Porque se murió mi madre y el mundo se me cayó a pedazos.

Podría haber dejado los estudios, podría haberme quedado en casa sumido en un pozo depresivo, podría haber probado cosas que no debía probar.

Podría haber sido el final, de hecho.

Pero no me dejé.

Y lo hice siguiendo el consejo de una profesora a la que tengo gran estima: guardar el corazón en una cajita y mantenerlo bajo llave para sobrevivir ante lo que se venía.

Le hice caso al pie de la letra.

Aprobé curso por curso. Me examiné y pasé el examen de selectividad. Hice año por año la carrera y me lancé al mundo laboral con ganas de comerme el mundo.

Lo hice todo, sobreviví a todo, y valió la pena.

Porque hoy día tengo una esposa a la que adoro, unos amigos a los que puedo llamar a cualquier hora y una formación que no habría conseguido si me dejaba vencer por la tentación de abandonar.

Y es eso lo que quiero que te lleves hoy.

Que aunque estés sumido en el mayor infierno imaginable, aunque todo a tu alrededor parezca que se te viene encima, te tienes que levantar.

Siempre.

Porque la vida no se acaba. No se acaba si tú no quieres que se acabe.

Y eso no significa que, como yo con este post, no puedas abrir esa cajita siempre que quieras, sacar el corazón un rato y llorar de alegría y de tristeza.

#reflexión #mimadre